jueves, junio 18
jueves, junio 11
sábado, mayo 23
suspensivos
...con un pez lumpo atorado en la nuca del sueño
...con un pezuelo en trance bajo la lengua
...con un pezgrifo arcoíris, entre los dedos
[hay que ir a buscarlo.
...con un pezuelo en trance bajo la lengua
[hay que ir a buscarlo.
...con un pezgrifo arcoíris, entre los dedos
[hay que ir a buscarlo
al poema.
viernes, marzo 27
miércoles, enero 28
biografías pecaminosas
“Uno siempre tiene cinco años en un rincón del corazón”
Ya
en los albores de una anticipada y prominente carrera por entre las filas de
los más peligrosos delincuentes juveniles, anunciaban mi presente los cinco atorrantes
años con los que contaba en ese entonces. Desde las más pesadas peleas
preescolares contra el bando del otro pecoso, aquél de la salita verde que
acaparaba la atención de las maestras y algún que otro padre desprevenido y
fatalista con miedo a que su hijo, hija, tutorada o encargada, sufriera las
consecuencias de las riñas entre estos bandidos, de corta talla, en el
jardincito de Alberdi y Doblas.
Disgrego
un instante la integridad de esos padres que temían en aquel entonces por el destino
de sus hijos y que hoy no le temen a las cacerolas. Punto y seguido a lo anterior.
En ese entonces el mundo, la vida, la historia y los sueños se definían en alguno de los rinconcitos del jardín. Allí, con los primeros encuentros en sociedad comenzaron las pecaminosas aventuras del personaje que a veces soy. ¡Qué pinta de atorrante! Y así crecí.
En ese entonces el mundo, la vida, la historia y los sueños se definían en alguno de los rinconcitos del jardín. Allí, con los primeros encuentros en sociedad comenzaron las pecaminosas aventuras del personaje que a veces soy. ¡Qué pinta de atorrante! Y así crecí.
De
las batallas campales con más victoriosos que derrotados, pasamos a jugar en la
primera de un club inventado por nosotros. La magia nunca se hacía esperar y,
aunque medio tronco para la pelota, pasé toda la primaria esperando volver a
ser grande como cuando antes, como cuando era un verdadero atorrante.
Así como quien no quiere la cosa, un día, creo yo que en primavera, de soslayo miré al adolescente que, ni grande para ser grande, ni chico para ser grande, me recibió con un manojo lleno de anhelos. Así también, entre pecas revoltosas, las posibilidades de descubrir un mundo a los pies de a quien aquello no le interesaba, descubrí que ya había descubierto la música, la poesía y los sueños, otra vez.
Así como quien no quiere la cosa, un día, creo yo que en primavera, de soslayo miré al adolescente que, ni grande para ser grande, ni chico para ser grande, me recibió con un manojo lleno de anhelos. Así también, entre pecas revoltosas, las posibilidades de descubrir un mundo a los pies de a quien aquello no le interesaba, descubrí que ya había descubierto la música, la poesía y los sueños, otra vez.
sábado, enero 24
velos
«Buenas noches Azucena. Tendrás un
sueño profundo del cual raras veces conseguirás recordar algo. Surcarás los 12
mares. Olerás a arcoíris. Bailarás en la luna, dormirás descalza. Con vehemencia, el rojo de la
alborada inundará tu cuerpo extraviado.
Tus gestos doblarán la apuesta,
se reirán de los míos»
domingo, octubre 26
calores combinados
Oihailá ourisisé combaiá
Fríen pescado las merenderas
por las calles de Marrakech.
El olor envuelve como lo hacen los colores de las ciudades que encuentran serenidad en pocos momentos del día.
Oihailá ourisisé combaiá
Siempre listo el té es té listo y verde
apacible como piel de camello
dromedarios por aquí
otros tantos de aquí en más
corren corderos del desierto con sonrisa desvergonzada de niño marroquí.
Ougha sahiéfela thieourha fisseau
Crecen el recelo y la ofensa junto al olor a pescado
y en el mercado se brotan todos si no comprás.
La Señora frie con sus dientes de marfil oxidados,
canturrea contenta
nunca deja de sonreír.
Los chicos corren riendo de un extraño que baila ritmos desconocidos Mohammed!
Vení por favor
sírvale té.
Mohammed reir
Fríen pescado las merenderas
por las calles de Marrakech.
El olor envuelve como lo hacen los colores de las ciudades que encuentran serenidad en pocos momentos del día.
Oihailá ourisisé combaiá
Siempre listo el té es té listo y verde
apacible como piel de camello
dromedarios por aquí
otros tantos de aquí en más
corren corderos del desierto con sonrisa desvergonzada de niño marroquí.
Ougha sahiéfela thieourha fisseau
Crecen el recelo y la ofensa junto al olor a pescado
y en el mercado se brotan todos si no comprás.
La Señora frie con sus dientes de marfil oxidados,
canturrea contenta
nunca deja de sonreír.
Los chicos corren riendo de un extraño que baila ritmos desconocidos Mohammed!
Vení por favor
sírvale té.
Mohammed reir
miércoles, julio 23
festejos
Mientras ella caía a carcajadas en la pileta bailando al ritmo de la frescura navideña de esa noche imposible de olvidar, alguien miraba con orgullo y consistente sonrisa los brillos de la velada; ¡tenía una curda la gorda!
lunes, junio 30
Un verdadero hijo del viento
«Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio
o Bien decía yo que te gustaría la canaleta
o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena
o Ya veras cómo el sótano se bifurca.
A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.» J.L.Borges
Un gato gris. Apareció maullando en la intermitencia de la noche oscura de una callejuela del bajo. En su mirada guardaba el recuerdo de tempestades y de días calmos. Al abrirse paso con astucia entre las piernas que por ahí cruzaban, dirigió su ensayada intención hacia mí, que pasaba sin prever lo que estaría por ocurrir.
Como tantas madrugadas de aquellas que volvía, distraído y
con alguna copa de más, el olor de las batallas en el cuerpo hacían del camino
una nube densa protegiéndome del frío. No así me resguardaba de todo. Diez
metros bastan a veces para eternizar el movimiento del universo en un solo
segundo. Los vientos que tornearon la valentía de Odiseo lo atestiguan
empecinados como roca de manantial. No dudaron en propalar con la mayor de las
crudezas el destino que Eolo habría dispuesto para ellos.
Dicen los que conocieron la humillación que no hay peor
enemigo que el viento cuando es obstinado. Arrastrarlo hasta lo más hondo no
fue lo peor que pudo haber hecho, sino proponérselo.
El gato gris era hijo del viento. Habría andado a sus anchas
por los diez continentes de no ser porque su espíritu estaba conminado a
proferir su conjuro al más pecador.
Un gato gris como la noche tibia y modesta, gris sin ganas
de ser negro. Porque los gatos negros tienen mala fama, pero los grises son peores,
¿te das cuenta? Su mirada está cargada de misión. Porque los gatos grises (esto
pocos lo saben) son los enviados de la noche cuando se hace necesario
transmitir la fatalidad, cuando los mensajes son secretos y privados de
respuestas apresuradas, cuando la lluvia preanuncia el diluvio o cuando el
calor anda terminando de desdibujar las marcas transmitidas de generaciones pasadas.
Un gato gris son reminiscencias, son presagios y signos
desparramados por doquier. Los aullidos lejanos recuerdan cada paso, recién
ahora recuerdo fueron diez los pasos que faltaron para dar por finalizado el día,
de esos que ni fu ni fa. Ahí me lo encontré. A primera vista era un gato
enamorado, un gato perdido, un gato vagabundo, de esos que conocen la ciudad
más que las prostitutas o los tacheros. Me hizo estremecer, y con la sensación
vino aparejada la culpa y la superstición por dejar abandonado en la entrada del hotel
al gato gris sentado en su postura de gato paciente demandando amor.
Mi desconsideración llegó a tal punto que de entre todos los bártulos
que había sobre el aparador de mi habitación, cualquier botella habría servido al fin de
dejarle a mano un poco de agua para pasar el rato. Así fue que salí con la
mejor de las intenciones, y con la media botella, a servirle de cortesía el
agua que supuse me pidió. Una vez sorteado el puesto siempre vigil del conserje
vi, yo desde adentro, la sombra del gato gris estacionado en su estudiada forma.
Una vez afuera, airoso y condescendiente en mi gesto, tamaña fue mi sorpresa al
descubrir que no había gato gris ni rastros, ni vestigios de su huída
precipitada. Maldiciendo reutilicé durmiendo el desperdicio de tiempo que quedó
en la noche teñida de desconfianza. Tras la confusión, no era poco esperable que entre mis sueños apareciera
el gato gris, al pie de la escalera, bajo el marco de la puerta del baño, o
quieto en la ventana mirando mudo con el verde profundo de su seño. Pero no. No
se me apareció ni aquí ni allá, ni tampoco escuché lo diabólico de su maullido.
Nunca más. Sólo desperté sabiendo muy poco de lo ocurrido anoche, mientras atinaba a abrirme paso entre las piernas que por ahí cruzaban y así comenzar
con mi largo deambular por la noche nunca más tibia y para siempre gris.
sábado, junio 7
Sr. Gruñón
Sr. Gruñón, desde la mayor de las inocencias le pregunto
antes que nada ¿cuál sería el inconveniente al que se adosa el modo homónimo
con el que usted ha de llamarse? Ya que de empezar a desparramar los detalles
de su descargo no le encuentro más andanza que una gran bola de espejos en la
cual se va multiplicando su figura en distintas caricaturas a las que tilda, a
todas, de gruñón; además de tildarse y quedar perplejo frente al encuentro de
ese rasgo que desgrana frente a toda la platea y la popular. Siguiendo la
sinceridad de su recorrido lo invito a pensar en las mil maneras en que usted
se animaría a intentar el anhelado cambio de tonalidad y luego preguntarle:
¿por qué quisiera cambiar?
Si bien uno se arma el protagónico de su opereta, y a veces
queda a un costado como un árbol o un mayordomo berreta, la ficción –propia-
que se crea alrededor de las palmas posteriores a la actuación, justo cuando
caen las máscaras, los maquillajes, cuando el peso del terciopelo pone un punto
a esa ficción, inmediatamente ahí empieza la otra. Hasta quizá más teatral
todavía. Pero no es el caso, o sí. Sucede mi amigo que también me cuelgo por
las ramas, y hasta se dice que disparo pal lado de los tomates, pero son cosas
que se dicen, como se dice usted gruñón, y como se siente que el tema le late y
le late. Como también se dice y se muestra y se demuestra enroscado e inculpado
de cosas las cuales no puede manejar. Porque lo exceden, porque en los momentos
en que las gateras se abren, uno queda solo con su pingo remilgón bufando por
empezar a correr la coneja como un campeón. No es metáfora, pregúntele a Gardel
si no. Pero es justo ese momento, aquella ráfaga de centésimas cayendo una
encima de la otra, el que hace que uno se sincere con su soledad y haga de las
mil maravillas creando un enigma que resuelva otro enigma, o tan sólo desviando
el foco de la atención a lo que verdaderamente importa. Interróguese bien
interrogado, no tanto el qué, no tanto subrogado. Que la ficción se parte justo
en el lugar menos pensado.
Sr. Gruñón, yo le pregunto porque soy preguntón, que
si en ese modo usted se reconoce ¿cuál hay?;
Atte. Sr. Gruñón
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